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Alberto Beltrán

El Negrito del Batey
 


Por Héctor Ramírez Bedoya

                                                                                 

                                                                                   
En Las Antillas, un batey es un pequeño poblado agrícola dedicado casi exclusivamente al cultivo de la caña de azúcar. Y es en el batey Palo Blanco en el poblado La Romana, provincia de Altagracia de la República Dominicana, un llanto agudo y potente, salido de una garganta pequeña, rompió el aire: Alberto Amancio Beltrán anunciaba su llegada al mundo el sábado cinco de mayo de 1923. Cuando su madre falleció prematuramente al cumplir Alberto los once años, fue abrazado por el desamparo con todas sus consecuencias. Con sus dos hermanos mayores quedó a la deriva sufriendo por el abandono del padre, sin otros parientes que mitigaran un alud de necesidades. Su amigo Alcides Peguero, Peguerito, lo lleva a trabajar como vendedor en la Dulcería El 19, propiedad de Leyda Pou, hermana de Juan, futuro general y jefe de la policía. Desde este tiempo el número 19 le traería suerte. Con sus amigos Rafael, Navito, John Luis y Peguerito, formó una comparsa para cantar y armar el alboroto con la música en fiestas, serenatas y veladas. Por el hecho simple de trabajar sin cumplir la mayoría de edad, fue apresado sin atenuantes durante 15 días en la cárcel La Fortaleza. Luego de este desaguisado y con la rabia trasnochada, sale con su atadijo y el disgusto a flor de labios,  y emprende un viaje a pie con rumbo a San Pedro de Macorís. Sus bolsillos no guardaban ni un  centavo. Macilento, comiendo caña de azúcar por el camino, como un inope, pastoreó su hambre durante los dos días que duró la travesía cansina, aunque su gurbia aniquilante le importaba un ardite ante la desorientación en que se encontraba. Allá, como afuereño, obtiene un puesto en la zafra, porque no podía hacerse el remolón. Desbrozaba y recolectaba. Cuando lo amilana la dureza e improductividad de esta labor, abatido y andariego, retorna a su ciudad con la esperanza de recomponer su vida. Su mente era un amasijo de inquietudes.


Sabedor de sus facultades vocales, buscó con ahínco emanciparse de sus desdichas. Con sus 14 años se postuló para cantar como aficionado en la Voz del Yuna. Esta emisora cambia luego de nombre a La Voz Dominicana y en 1942 Alberto vuelve a cantar allí. Consigue lugar como cantante del Conjunto de Emilio Valdés, trabajando de 7 PM a 7 AM. Su salario era de $1.25 pesos por noche. Pasó luego al grupo de Crescencio Solano y acrecentó su remuneración a cuatro pesos por baile. Al finalizar este mismo año, actuó en el Teatro Julia de Ciudad Trujillo (Santo Domingo) con la Compañía de Lidia Morales. Su actuación fue promisoria. Luego con el Sexteto Angelita de Ulises de los Santos y el Conjunto Alma Vegana de Marcos Osuna, se presenta en la emisora Radio H.I.T. En 1946 se integra al Quinteto Ballet Toño de Santo Domingo. Para su felicidad, le toca asistir a una presentación de Daniel Santos, que estaba ya desmovilizado del ejército de Estados Unidos después de la segunda guerra mundial. Lo había escuchado desde cuando cantaba con el Cuarteto Flores (1939-1941) y convierte su admiración en idolatría. Con su voz juvenil empezó de alguna manera a imitarlo. La emisora Radio Progreso de La Habana con su onda corta, penetraba por todas las costas de los países del Caribe, por lo que la Sonora Matancera con sus cantantes era muy conocida para los dominicanos. Se escuchaban las actuaciones diarias de este conjunto y para Alberto era una ilusión poder verlo personalmente en alguna oportunidad.

A la Voz Dominicana vuelve el domingo 14 de diciembre de 1946 y canta aún como aficionado. Allí estaban como músicos, Gilberto Muñoz, Pepín Ferrer y Avelino Muñoz. Compite con Ñiñí Vásquez, Tony Curiel, Ángela Vásquez, Lucía Félix, Joseíto Mateo, Crucito Pérez y José Nicolás Casimiro. Le ofrecen aplausos cálidos. Le acompañan vientos venturosos y aparece un mecenas en su carrera, Rafael Landestoy, Bullumba, coterráneo suyo (de La Romana), pianista y compositor de alto vuelo. Bullumba lideraba un programa para aficionados en la emisora La Voz Dominicana, propiedad de Arismendi Trujillo Molina, general del ejército y hermano del presidente,  Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo. Éste gobernaba la nación desde 1930 y ahora en su tercera reelección tenía al pueblo bajó una égida dictatorial. En cierta ocasión, Alberto Beltrán se presentó a una de las audiciones de tal emisora. La interpretación que hizo del conocidísimo Granada llamó la atención del maestro Bullumba y lo recomendó a Arismendi Trujillo. El negro sin acoquinarse, sin atisbo de pavura, tronó su voz al militar. ¡Albricias! Luego de escucharlo se percató de la torrencialidad de su garganta y le dijo que se pusiera a las órdenes de su edecán que se encargaría de gestionarle un patrocinio para educar su voz. Le otorga además un contrato en la mencionada emisora. Alberto, atemperado, comienza a pensar seriamente en su profesión de cantante e inicia clases musicales con los profesores argentinos, Carlos Crespo, tenor lírico y Vlady Silva, pianista. Empieza también a adecentarse y asimila sus estudios de primaria, porque era analfabeto a estas alturas de su vida. Le parece un sueño el giro que van tomando sus conquistas.

Después de 1946, Beltrán labora con el conjunto de Medardo Guzmán, compatriota suyo y autor del merengue El negrito del batey. Por esta época el tema fue grabado con escasa difusión por Joseíto Mateo, una voz también dominicana. En 1950 conforma su propia agrupación que llamó Dominican Boys. Según datos del Círculo Dominicano de Coleccionistas de Música, que agencia las grabaciones en vivo, Alberto se presentó el 28 de agosto de 1950 en La Voz Dominicana, secundado por una orquesta dirigida por Tavito Vázquez. Aquella vez cantó: Tenerte quisiera, Sólo a ti, No hay amigos y Viajera. Más adelante y de la misma emisora, se recuperaron las siguientes páginas cantadas en vivo, el 28 de abril de 1953, acompañado por el Conjunto Televisión liderado por Porfi Jiménez: Piel canela, Amor, Miguel, Mucho corazón y Báilame el mambo.

En 1951, en Puerto Rico y para el desaparecido sello Mardi, graba sus dos primeros números: Sabrosura y El 19. Lo secunda el grupo Diablos del Caribe, liderado por el tresista boricua Mario Hernández. Pronto regresa a Santo Domingo y se enrola en la Super Orquesta San José, que tocaba según el temperamento de la dictadura trujillana. Con ellos realiza sus dos siguientes grabaciones en ritmo de bolero, autoría de dos compatriotas: Bendito amor (Bienvenido Brens) y Hasta cuándo (Babín Echavarría). La crítica le otorga calificativos como La Sensación, La Revelación y La Voz de Oro Dominicana. Esto le posibilitó que lo contrataran para actuar en el Teatro Jefferson de Nueva York, alternando con el trío Los Tres Diamantes de México. Estos Diamantes son eternos. Todavía disfrutan hoy de buena salud y capacidades interpretativas, luego de 61 años de actividades.
             
En la pesquisa de otros horizontes musicales, recala en Santiago de Cuba el 15 de julio de 1954. Se monta en un bus y realiza el viaje de 868 kilómetros hasta La Habana. Todo desorientado cuando llega, busca a su paisano Tirso Guerrero, cantante bien acogido en la farándula capitalina. Por aquellos días, Tirso tenía sus presentaciones en vivo de 6:00 a 7:00 PM en la emisora Radio Progreso. Después de dos días de tanteo de sus posibilidades laborales, Guerrero lo recomienda con el avezado Rogelio Martínez, director de la Sonora Matancera, cuyo olfato musical era proverbial, quien comprendía que al contratar a figuras extranjeras interpretando composiciones originales de sus países, consolidaba su ambición de obtener la difusión internacional para su conjunto. Mientras aguardaban una respuesta concreta del director yumurino y también por sugerencia de Guerrero, Alberto Beltrán es llamado a colaborar  en La Hora del Sabor de 10 a 11 PM, difundido por la nueva emisora Radio Mambí, inaugurada en 1952 en pleno Paseo del Prado. Alternó con Myrta Silva la jacarandosa boricua. Después de una de sus actuaciones allí, se allegó don Rogelio en una noche de comienzos de septiembre e imperecedera para el dominicano. Le propuso cantar con la Sonora Matancera como artista invitado.  Al otro día al comenzar el ensayo, Beltrán le presenta varias partituras de canciones dominicanas. Severino Ramos, Refresquito, el arreglista del conjunto, las recibe para estructurarlas al formato de la Sonora. Hubo un acople extraordinario entre la Sonora Matancera y el cantante. En septiembre de 1954 presentan a la audiencia radial su primera página: Aunque me cueste la vida. A los tres días habían llegado a las oficinas de Radio Progreso más de cinco mil cartas elogiando el tema y aconsejando su pronta grabación. Fue entonces cuando llevaron al acetato de 78 RPM, los boleros de sus paisanos Aunque me cueste la vida, de Luis Kalaf e Ignoro tu existencia, de Pablo de la Mota. El primero fue, al decir de Alberto, una tromba musical. Se confabularon así, la Sonora Matancera y Alberto Beltrán para extasiar de ritmo y dicha nuestros oídos.

Su calidad interpretativa se hizo relevante en Cuba. Y fue un torbellino cuando siguieron los otros números: Te miro a ti y El 19. Capítulo aparte merece El negrito del batey, grabado el martes 16 de noviembre de 1954, que lo consagró definitivamente. El negrito, reposado pero vivaracho, se echó la sintonía al bolsillo. Este merengue se constituyó en récord de ventas por aquellos calendarios y lo internacionalizó. Es el tema que la Sonora Matancera ha vendido más profusamente en 82 años de historia. Fue grabado en primera instancia por Joseíto Mateo en Santo Domingo, cuando agonizaba la década del cuarenta. Pero nada  pasó con él. La interpretación de Beltrán con la Sonora ganó la gloria. Con razón Alberto dijo:

Muchas veces la paloma no es del que la vende sino de quien la mata.

Las grabaciones de la Matancera en toda su historia, que han marcado récord de ventas en su momento y en su orden son:

1. El negrito del batey, original del dominicano Medardo Guzmán, en la voz de Alberto Beltrán.
2. Burundanga, del cubano Oscar Muñoz Bouffartique y canta Celia Cruz.
3. Ay cosita linda, del colombiano Pacho Galán, cantando Carlos Argentino.
4. Total, del cubano Ricardo Perdomo, canta Celio González.
5. Bigote de gato, del cubano Jesús Guerra, cantando Daniel Santos.
6. Piel canela con autoría y canto de Bobby Capó.
7. En la orilla del mar, del músico cubano José Berroa Rivera, en la voz de Bienvenido Granda. Anteriormente se acreditó esta página trascendental a la autoría de nuestro excelso compositor colombiano José Barros. Incluso él, y no sabemos el por qué, contó a una periodista la anécdota conducente a su inspiración. Estudiosos han confirmado que es del cubano.
8. Los aretes de la luna, del músico cubano José Dolores Quiñones, bolero cantado por Vicentico Valdés.
9. Me voy pa La Habana, interpretado por Nelson Pinedo, con arreglos suyos a la composición del colombiano José María Peñaranda.
10. Maringá, en la voz de Leo Marini con la autoría de Joubert de Carvalho y Manuel Salina.
                        
En diciembre de 1954 en los acontecimientos de una presentación, el prestigioso animador y locutor cubano Germán Pinelli, por la popularidad del tema, en vez de llamar al escenario a Alberto Beltrán, gritó El Negrito del Batey. De manera automática hizo desaparecer el nombre de Alberto Beltrán como primera opción. Permaneció yuxtapuesto. Después, el quisqueyano grabó los boleros Enamorado y el portento de la expresividad amorosa, que con refinamiento deviene en poema con el nombre de Todo me gusta de ti.  Este tema se conoce en algunas latitudes con el nombre de Sortilegio y su autor Cuto Estévez era un trompetista que había trabajado con el maestro Billo Frómeta.  El martes 18 de enero de 1955, Beltrán une su voz a la de Celia Cruz para grabar su tema postrero con la Sonora: Contestación a aunque me cueste la vida. En la primera semana de febrero emprende su primera gira a Latinoamérica en compañía de la Sonora Matancera, con Laíto y Celia Cruz. Actúan en Barranquilla, Bogotá, Medellín y Cali. Después de esta primera gira a nuestro país, Alberto Beltrán, con la voz estentórea que le brindaban sus 32 años, la sonrisa de la fama a sus pies, su ego arriba lo obnubila. Y conculcando sus anhelos, en una mañana cuando sus neuronas amanecieron haciendo carrizo, mientras la Matancera efectuaba una corta gira nacional, es timado por un conocido locutor-humorista con remilgos de empresario y en un santiamén, cuando regresa la Sonora, lo encuentra cantando con el Conjunto Casino. Era abril de 1955 y Beltrán se apea del colectivo yumurino. Esta decisión absurda siempre la deploró El Negrito del Batey. Les sucedió igual a muchos cantantes. Cuando abandonaron la agrupación, nunca más encontraron esa cúspide de gloria. Me atrevo a aseverar que Alberto Beltrán, fue el cantante de la Matancera que, con menos temas grabados, ganó mayor celebridad.  

Alberto, con Los Campeones del Ritmo, convalida otro segundo y consecutivo error, como lo es el grabar de nuevo algunos de los temas que lo hicieron famoso con la Matancera. Ejemplos: El negrito del batey y Todo me gusta de ti. Obviamente, no pasó nada con ellos. Casi nunca las regrabaciones son apetecibles. Pero dentro de la discografía con el Conjunto Casino, es conducente mencionar por su factura indiscutible, una versión soberbia del bolero del compositor cubano Mario Álvarez, que desde 1941 es suscitador de no pocas lágrimas entre los enamorados: Vuélveme a querer. Con el Conjunto Casino grabó además en el segundo semestre de 1955 un merengue chachachá que, al decir del maestro cubano de la investigación musical, Cristóbal Díaz Ayala, se escuchó con prolijidad en su tiempo como un ejemplo del pregón callejero convertido en pregón musical. Se trata de la página Mantecadito, original del compositor cubano Rudy Fanneity, con versos originales del vendedor callejero Filiberto Hurtado, residente en Placetas, provincia de Las Villas. A Beltrán también le seducía interpretar este número en sus actuaciones personales y lo grabó en tres oportunidades: con el Conjunto Casino, con el Mariachi México y con la Sonora de Lucho Macedo en el Perú.
      
A finales de 1956 en Cuba, con la orquesta de su coterráneo Billo Frómeta, efectúa varias grabaciones. A la sazón, Billo ambientaba su época habanera, tras ser vetado por el sindicato de músicos de Venezuela. Entre las grabaciones con Beltrán, sobresalen los boleros Paraíso soñado y Evocación. Durante esta breve pasantía cubana de siete meses, Billo también grabó con los cubanos Carlos Díaz y Pío Leyva y con los venezolanos Víctor Piñero, Adilia Castillo, Olga Teresa Machado y Héctor Murga.
        
Después de 1957, Beltrán comienza un incesante trasegar musical por numerosos países y orquestas. Trabaja con Roberto Faz, quien ya había emigrado del Conjunto Casino para conformar su propio grupo. Después regresa a su Santo Domingo y en ese mismo año de 1957 graba para el sello Montilla con la Orquesta Super Batey, liderada por J. Conquet y Emilio Chiripa Aracena, futuro trompetista de la Matancera.  Alberto también durante este año graba con un conjunto típico y con la agrupación dirigida por el trompetista Héctor de León. Allí patentiza uno de sus boleros más aplaudidos como es, No, no vuelvo, grabado previamente por Bobby Capó y de la magia de la composición de ese gigante musical dominicano que se llama Bienvenido Brens. Al finalizar el año va a Venezuela y con la Orquesta de Chucho Sanoja emprende un periplo por las ciudades importantes del suelo patriota. Llegan al acetato además, y dan realce a boleros como Mentira y Nelly y a merecumbés como Ven acá mi amor y El ritmo del amor.
                                                                 
Alberto Beltrán saca de la bitácora de su nave musical, una brújula que le señala allende el Caribe, que como andariego musical, recorrería de la Ceca a la Meca para perfeccionar su gesta con la contundencia de su voz. Es México a partir de 1958 su lugar de trabajo. Realiza actuaciones en cabarets, radio y televisión. Con la agrupación del maestro cubano Alejandro (Alex) Sosa conforma una yunta fecunda. De las numerosas grabaciones que realizaron conviene mencionar por su trascendencia: Morena, Mil cosas, Todavía tengo corazón, Arráncame la vida, Amargo llanto, Miseria, Ya no hay amigos, Amor perdido, Yo vivo mi vida, Limosnero de amor y Asombro. Después, con el Mariachi México de  Pepe Villa, reitera números grabados con anterioridad: Apágame la vela, El negrito del batey, Caña brava, Mantecadito y Fiesta cibaeña. Es 1959 un año propicio para cosechar nuevos aplausos en la tierra de Bolívar. Llega al acetato de nuevo con la Billo´s Caracas Boys, para dejarnos entre otros temas: La lisa, Misiá Juanita, Batacún, Mi novia de Nayguatá. Aprovecha también su estancia y graba con la Sonora Caracas para el sello más tradicional de Venezuela, es decir, Discomoda.
                                       
En tres sesiones comprendidas entre el 5 de mayo de 1960 y el 12 de enero de 1961 Beltrán graba en Nueva York, para la casa Seeco, un buen número de páginas con la orquesta del pianista y compositor cubano René Hernández. Dejan para el recuerdo las páginas preponderantes: Esposa, Maribel, Papa Boco, Ausencia, Madre y  Compasión.  De nuevo, en este mismo año de 1961 lo requiere la afición patriota. Esta vez disfrutó su permanencia en Caracas grabando con Los Megatones de Lucho, un conjunto que escalaba peldaños en la sintonía. De este trabajo, evoquemos las interpretaciones de: Mecanógrafa de Tony Fergo, Mi honor de Pedro Flores, Te están engañando de Simó Damirón, y de manera singular, el afro de Ernesto Lecuona, Lamento Esclavo. En esta intervención, la voz de Beltrán se exhibe majestuosa.
                                 
La colonia latina de La Gran Manzana lo reclama en 1962 para que los deleite con repertorio nuevo. Actúa en cabarets y es cuando lo relacionan con el maestro boricua Willie Rosario, timbalero de postín y director de orquesta. Hay empatía y  acuerdan unir sus talentos en grabaciones. Los apadrina el sello Seeco y es cuando aparece en el mercado el LD titulado Quiero saber. Este trabajo perdura hasta hoy, ya en  el formato de disco compacto y su principal éxito fue sin duda alguna la guaracha haitiana del dominio público Haida Huo. De manera increíble en nuestras emisoras, aún  la escuchamos con frecuencia moderada. En 1963 arriba al Perú, donde tradicionalmente los cantantes que han trabajado con la Matancera, han disfrutado de una aceptación espléndida. Como solía pasar en aquellos tiempos, fue acompañado por la mejor agrupación tipo sonora que han tenido los incas. Nos referimos a la Sonora de Lucho Macedo que pervivió activa durante varias décadas. En la tercera etapa de su producción musical de relevancia, de nuevo en México, se aquerencia con la música interpretada por la Sonora Salomón, del director veracruzano Salomón Jiménez. Durante ocho años a partir de 1966, graba muchas páginas que circularon por las emisoras de Latinoamérica. De entre ellas detallemos las de mayor apego: Llegaste tarde, Sin ti, Todavía tengo corazón, Señora de la noche, Invernal y Perfidia.  Alberto Beltrán graba muchos acetatos para el sello Musart en 1970 en la capital mexicana, con la Orquesta de Chucho Rodríguez. Mencionemos a Señora de la noche, La peor de las derrotas, Daniel perdió a Linda y No te vayas cariñito.  En 1971 Beltrán compila un LD con La Charanga Brass, un grupo acantonado en México para las grabaciones del sello Musart. De ahí salieron dos éxitos: Nosotros y Cenizas. En los arreglos se percibe la sapiencia característica del maestro Salomón Jiménez.

En algunas de las entrevistas sostenidas con El Negrito del Batey, hacia 1986, me contó lo siguiente:

---Chico, en 1972, me llevó un empresario de cuya nacionalidad no me acuerdo, nada más  y nada menos que a presentarme en un night club de París. Fíjate chico, a La Ciudad Luz. Desde luego que la clientela era mayoría latinoamericana. Trabajé durante tres semanas, de jueves a sábado. Me gané unos  buenos dólares. Me divertí mucho y conocí mucha gente. Fíjate que una noche, el empresario me dijo que íbamos a grabar. ¿Con quién?,  le pregunté. Y me repuso: Descuida, voy a formar un grupo de músicos caribeños que viven aquí, con la dirección de uno que se llama Pancho Cataneo.  Ese fue el origen del LD que se llamó Alberto Beltrán con Pancho Cataneo y su Matecoco en París. Es preciso anotar que estas grabaciones no aparecen en la discografía total de         Beltrán, porque como él mismo me puntualizó al final de esta anécdota:

---No te preocupes chico que yo tampoco las conozco. Yo grabé el trabajo y a los dos días me vine para República Dominicana. No tuve oportunidad de escucharlo.        Lo he preguntado, pero nada.   
                               
En este mismo año se presenta en Madrid en el Cabaret Riviera Club y después realiza presentaciones en la provincia de Santander. En 1976 le graba un         homenaje al compositor cubano Salvador Veneíto, con el respaldo del Conjunto Impacto         y la dirección de Papi Peña para el sello ADA (nombre de la hija del compositor). Los diez temas son de la autoría de Veneíto, quien también tuvo el orgullo de que Celia Cruz también le grabara. Dos de ellos acaparan los aplausos: el chachachá Linda matancera y         el bolero Amargo llanto. Con Vicentico Valdés, en noviembre de 1978 se presentó en el Palacio de Exposiciones de Medellín, con el acompañamiento de la Sonora Matancera y su nuevo cantante, el puertorriqueño Jorge Maldonado. También estaba el cantante de planta Yayo El indio. Las agrupaciones teloneras fueron Los Éxitos y Robert y su Banda. Por parte de los integrantes de la Junta Directiva del Club Social y Cultural Sonora Matancera de Antioquia, recibieron en ceremonia emotiva, el galardón Antioquia Matancera.  

Cuando comenzaba la década de los ochenta, Beltrán conquista un anhelo. Graba un LD con los éxitos del cubanísimo Panchito Riset, uno de sus ídolos musicales (también lo era Daniel Santos y Celia Cruz). La orquesta acompañante fue conducida por su coterráneo Ramón Emilio Aracena, Chiripa. Nos percatamos de la vigencia de su voz en temas como: El cuartito, De cigarro en cigarro, Cita a las seis, Abandonada y Dicen que dicen. No obstante las innovaciones no resisten ninguna comparación con las originales. En una gira promocionada por Nelson Pinedo como productor y cantante, regresa a Colombia. Esta vez escolta a Orlando Contreras, Celia Cruz y el mismo Pinedo. Transcurría diciembre de 1981. Cuco y Ramón Orlando Valoy presentan a Alberto Beltrán. Es el nombre del trabajo realizado en 1986 para el sello Fonosón, con los arreglos de Luis Pérez. La orquesta acompañante la denominan La Tribu. La Sonora Matancera se presentó de nuevo en Medellín durante tres días memorables de agosto de 1986. La estrella solista fue El Negrito del Batey. Alternaron con la Orquesta de Lucho Bermúdez y la de Fruko y sus Tesos.

El Negrito del Batey, para clausurar su carrera musical, en cuanto a grabaciones se refiere, produce en 1989 un trabajo que llamó Boleros Siempre          Boleros, para el sello Sono-Rodven. Intervienen dos orquestas, una liderada por Jorge Taveras, y la otra por su coterráneo Ramón Orlando Valoy. A pesar de que Alberto se esfuerza con denuedo en cantar con su tonalidad acostumbrada, el transcurrir de los almanaques ha hecho su trabajo infalible de empastar sus cuerdas vocales. A sus 66 años, la marchitez de su voz para las grabaciones, le certifica que el retiro está cercano. Ya le sobraban muchos años para que lo llamaran joven. En su extensa y fructífera vida musical, Beltrán grabó ocho temas con la Matancera y 298 con otras agrupaciones.
                  
No podía renunciar a la cita de los 65 años de la Sonora Matancera en 1989 en la ciudad de Nueva York; el reencuentro memorable con sus viejos colegas y amigos.

Tal conmemoración fue organizada por la influyente locutora y promotora musical           puertorriqueña, Gilda Mirós. Ya sostuvimos que fue la apoteosis para todos y el adiós terrenal para varios. En agosto de 1991 vino a Colombia y específicamente a la ciudad de Cali en compañía de Nelson Pinedo, Celio González y Daniel Santos con la        Sonora Matancera. La Universidad de Santo Domingo, en 1993, le concedió el Título Honoris Causa en Música y Arte. Inferimos que esto lo llenó de orgullo, como es apenas lógico suponer, pues constituye el homenaje máximo que se le hace a un artista vivo en República Dominicana. En abril de 1996 deleitó nuevamente a los barranquilleros con su caudal de voz en decadencia. Fue una persona cuidadosa de su salud. Su vida familiar la podríamos resumir así: Cinco matrimonios y cuatro hijos: Ana María Beltrán Romero, nacida en República Dominicana en 1950. Alberto Beltrán Pérez, nacido allá mismo en 1954. Berta Beltrán Cuevas, quien nació en República dominicana en 1954. Gloria Beltrán Cuevas, nacida en 1962 en México. Su última compañera y ama de llaves fue Ángela Vásquez Zarzuela, a quien con cariño le decía Morena o La India. Con sus floridos 21 años, lo asistía en sus giras, y estaba presta en todas sus necesidades. Fue su compañera durante los últimos seis años de su vida.

En los períodos de asueto le encantaba ver televisión, películas y grabar videos musicales. Refugioso, para emperezarse, se arrellanaba horas interminables en su deleite. Miami fue la sede de su residencia en la década del ochenta. De allí marchaba a los países en donde solicitaran su presencia. Luego, desencantado de la ciudad,  recaló definitivamente en Santo Domingo, hogar de sus años postreros. Tenía allí un pequeño museo donde exhibía los trofeos y honores recolectados durante su carrera. Como pocos artistas, coleccionaba sus grabaciones con esmero, en discos de 78 RPM, LD  y casetes. Cuando no tenía trabajo, pasaba una vida de recoleto. Apaciblemente se deleitaba dando de comer a sus animales que cuidaba celosamente: peces, puercos, pájaros y gallinas. Tenía en Miami un apartamento bien amoblado y mejor situado:



–Tengo mis ahorritos en el banco. Por eso cuando paso meses sin trabajar, no  me preocupo—decía.

Para promocionarse en el mundo de la farándula, distribuía su carpeta entre los empresarios artísticos. Así se anunciaba en 1986:

Alberto Beltrán. El Negrito del Batey. Artista Dominicano.

Países recorridos:

República Dominicana: Hotel Jaragua, La Fuente, Hotel Embajador, El Mesón de la Cava y TV canales 4, 7, y 9.
Estados Unidos: Hotel Hilton, Palladium, Cabo Rojeño, Nueva York Casino, Casa Borinquen, Canales TV 41 y 47.
México: Club Pigal, Carpa México, Teatro Blanquita, Teatro Lírico, Canales TV XEW 2 y 4.
Cuba: Radio Progreso, Club Alí Bar, Sierra Club, CMQ TV 2, 4 y 6.
Venezuela: Pasapoga, Ánfora de Oro, Antigua Caracas, Canales TV 2, 4   y 8.
Panamá: Saraci Club, Hotel Panamá, Club 61, Canales TV 2 y 4.
Perú: Hotel Continental Canal TV 4. Argentina: Pinks Club, Canal TV 7.
Honduras: Hotel Honduras Maya, Club Bocaccio 3000.
Colombia: Hotel Hilton, Club Paletará, Hotel Caribe, Radio Piloto, Radio Cadena Nacional, El Toro Sentao, La Media Torta, Hotel Intercontinental, Coliseo Cubierto de Medellín.
España: Riviera Club, Nueva Romana Club, Radio Madrid, Folly Club.
Francia: Discos Balcley.
Costa Rica: Hotel Balmoral, Orquídea Club, Canales TV 4, 7 y 9.
Puerto Rico: Flamboyán Club, Canales TV 2, 4 y 11.
Ecuador: Letugan Club, Los Cisnes, Canales TV 4 y 10.
Uruguay: Pigmalión Club, Canal TV 4.
Curazao: Isla Verde Club, Canal TV 4.
                
Los cantantes colegas que admiró fueron, Daniel Santos, Panchito Riset y Orlando Vallejo.  
                                                      
Cuando estaba en Santo Domingo el 19 de enero de 1997, un accidente cerebrovascular le dejó paralizado el lado derecho de su cuerpo y su conciencia comprometida. Pronto acudieron sus hijos residentes en Miami, adonde lo trasladaron para prodigarle un tratamiento médico más avanzado. Pero desdichadamente se complicó con una neumonía y Dios dispuso que a las 11 de la noche del domingo 2 de febrero, marchara a engrosar El Coro Matancero Celestial, en compañía de Bienvenido, de Lino, de Caíto, de Daniel, de Vicentico y de sus otros amigos que lo aguardaban con una melodía bienaventurada muy ensayada. Su cuerpo fue trasladado a su patria dominicana, donde sus parientes le dieron sepultura cristiana, acompañados de sus amigos de la farándula y de sus fanáticos incondicionales.



Para compendiar la personalidad de Alberto Beltrán, digamos que su voz, estentórea y ostentosa, si hubiese tenido la oportunidad de educarla para la música culta, habría pergeñado jerarquía. Y sin ninguna duda, contra todo pronóstico y para desmedro de la música popular latinoamericana, habríamos estado huérfanos de su calidad interpretativa. Caso similar al del boricua Yayo El Indio Pegueros. No es menester ser doctor en música, para admirar sin resquicios la voz fúlgida del dominicano Alberto Beltrán. Potente, clara y avasallante. En su devenir cotidiano, Beltrán conciliaba la desazón con el optimismo; el desencanto con la esperanza; la decepción con el éxito. Fue humildoso en su rutina cotidiana. Enamorado de las mujeres en extremo. Nunca fue un artista económicamente ambicioso y tampoco se atildó como un cantante de la jerarquía continental de Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, o Bienvenido Granda. Pero se comportó como de la élite de la matanceromanía, que le prodigaba la fanaticada musical de la segunda mitad del siglo pasado. Le la gloria con la Sonora Matancera, al comprender que ello sería suficiente para que su nombre se nombrara en la posteridad. Fue de Quisqueya, la voz más continental de la música popular nacida en el siglo pasado, a pesar de que hemos disfrutado de la calidad interpretativa de: Antonio Mesa, Dioris Valladares, Negrito Chapuseaux, Lope Balaguer, Joseíto Mateo, Ñiñí Vásquez y Johnny Ventura. Con los cambios generacionales que nos toca vivir, es posible que para los cultivadores de las músicas nuevas, el nombre simple y llano de Alberto Beltrán, provoque un mutis en términos musicales. Pero sin sonrojarse, ratificaran que en algún resquicio de sus vidas, desprevenidamente habrán escuchado el restallante apelativo de El Negrito del Batey. Por ello es merecedor de que al evocar sus canciones, acuarteladas en el tesoro de nuestras memorias, le continuemos guardando un cariño singular. Eso para él, es suficiente.      

La Voz del Caribe.
Alberto Beltrán, Orgullo del Pueblo Dominicano.
La Voz de Oro del Caribe.
El Único.

 




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